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El Santo Oficio, la Inquisición. 1º parte

Publicado 14-06-2013

Pocas instituciones eclesiásticas son tan tristemente conocidas por el gran público como la Inquisición, quien juzgó, torturó y asesinó a cientos de miles de personas por dudar de éstos, en cuanto a su creencia cristiana se refiere. Todo ello, amparado bajo el crecimiento del poder político de la Santa Sede, quien quería perseguir a todos aquellos que no coincidiesen con la teología católica romana y así, de paso, eliminar oposición incipiente que podría haber dificultado el ejercicio de su poder terrenal.
 
En el siglo XIII, y más concretamente entre 1221 y 1235, el papa Gregorio IX dictó una serie de bulas que crearon lo que más tarde se llamó el Tribunal del Santo Oficio. Ya Lucio III, cincuenta años antes, había dictado disposiciones sobre la persecución a los albiguenses siendo un antecedente del Tribunal. El fin del mismo era combatir las herejías que hacían frente a la Iglesia Católica Apostólica Romana, pero con una novedad: aquel que juzgaba era quien acusaba, en contraposición al Derecho Romano en el que se necesita un testigo al menos para formular la acusación.  A este nuevo procedimiento penal inventado por la Iglesia se le llamó Inquisitio, de donde derivó más tarde el nombre reconocido del Tribunal del Santo Oficio: la Inquisición.

Hay que reconocer dos períodos en la llamada Inquisición: el primero corresponde desde 1235 hasta 1478, cuando los tribunales estaban fuera de la autoridad eclesiástica y dependían únicamente del sumo pontífice, quien asignó los mismos a órdenes mendicantes tales como los dominicos y los franciscanos. El segundo período, de 1478 a 1834, corresponde a la llamada Inquisición Real Castellana, comúnmente llamada como La Inquisición moderna y que tuvo lugar en la península ibérica. Tal institución se puso al servicio de los Reyes Católicos gracias a una bula del papa Sixto IV (1478), marcando su peculiaridad con respecto a la anterior: la Inquisición castellana servía a los intereses de la monarquía hispánica y se extendió su práctica; ahora los obispos, por ejemplo, podían formar parte del Tribunal y formular la acusación cuando antes tenían que ser específicamente nombrados por el sumo pontífice.
 
En su origen, el Tribunal del Santo Oficio era únicamente utilizado contra las herejías, muy extendidas a finales del siglo XII y principios del XIII en las comunidades albiguenses o cátaras. La crítica a la Iglesia de Roma  –reconocida por lo anteriores como la auténtica Babilonia, capital mundial de los vicios, la corrupción y el sexo–  hizo que los pontífices dispusiesen judicialmente medidas para eliminarlos de la faz de la tierra. Éste es el principal motivo de la existencia primigenia de la Inquisición papal: luchar contra los movimientos heréticos, cosa que consiguió a la perfección tras masacrar a ambos pueblos con los ejércitos vaticanos y tras proclamar sendas cruzadas en medio siglo.

Cuando en 1480 se designan a los dos primeros inquisidores del Santo Oficio castellano, Miguel de Murillo y Juan de San Martín, las conversiones de musulmanes y hebreos en la península crecieron sobremanera. Es importante mencionar que la Corona de Castilla no estaba sometida a la jurisdicción de la Inquisición papal (la del primer período, 1235-1480) ya que la misma se centró en el sur de Francia, la Corona de Aragón y la Lombardía italiana al ser las únicas zonas heréticas. Por lo tanto, los judíos o musulmanes no habían sido atosigados en Castilla, lo que cambió radicalmente a partir de ese 1480.
 
Como la Corona de Castilla y la Corona de Aragón se unieron bajo matrimonio de los Reyes Católicos  –aunque cada reino mantenía sus fueros y leyes–  la Inquisición castellana hizo acto de presencia en los territorios de Fernando el Católico, provocando disputas entre el Tribunal del Santo Oficio papal y la nueva Inquisición Moderna. Los primeros no querían perder la potestad de la que gozaban desde hace dos siglos y medio pero los segundos estaban decididos a ostentarla al llamarse a ellos mismos  <<movimiento regeneracionista inquisitorial>>. ¿Qué hace siempre acto de presencia en los asuntos eclesiásticos? El poder terrenal.
 
En la península ibérica se estableció una división bastante peculiar: los llamados cristianos viejos  –que tenían antecedentes en la familia de esta misma religión, también llamados los puros–  y los cristianos nuevos, judíos conversos que fueron conocidos por la plebe como los marranos. Es digno de mención el apuntar que la Inquisición castellana actuaba sólo contra los judíos conversos, estos últimos antes nombrados. Aquellos que seguían las doctrinas de Yahvé no fueron perseguidos por el Santo Oficio, pero la situación duró poco: en marzo de 1492 los Reyes Católicos decretaron la expulsión de los judíos no conversos de la península, prohibiéndoles llevar sus posesiones si eran oro, plata o dinero; todo lo demás lo podrían tomar consigo. Y ello, recordemos, auspiciado por el inquisidor general que aconsejaba a Isabel y Fernando, Tomás de Torquemada.
 
Como se puede observar, las acciones de la Inquisición en los años posteriores a este comienzo que hemos relatado son de extrema dureza, acabando en autos de fe multitudinarios. Hay autores que lo justifican con la época que les había tocado vivir, cosa que no se entiende, sea cuando sea, si quien realiza la tortura promulga el amor incondicional hacia el prójimo. Si tan horrible era la sociedad medieval  –a lo que la Iglesia contribuyó ostensiblemente–  debía de haber servido de remanso de paz entre tanta crueldad, evitando crear esas mismas instituciones como la Inquisición que torturaba, insultaba, escupía y asesinaba a quien no estaba de acuerdo con ella. Pero qué se va a esperar de gente que dice tener el único conocimiento verdadero de lo que quiere Dios, eliminando a aquellos que diferían de esa opinión.

La Inquisición castellana pasó a juzgar brujerías, blasfemias y la poligamia cuando antiguamente y en su primera forma, sólo eran competencia suya las herejías. Ésta es la prueba perfecta de que tal institución sirvió fielmente a la monarquía hispánica como instrumento político, lo que será desgranado en sucesivos artículos.
 



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